Gaudí 2015. Volviendo la vista atrás.

A estas alturas ya se habrán escrito ríos de tinta y se habrán publicado kilómetros de fotos sobre la Barcelona Bridal Week, en la que estaba incluida la Pasarela Gaudí pero, precisamente por eso, es el momento de ver las cosas con perspectiva y analizar lo que se pudimos ver en ese escaparate de la moda nupcial.

Es cierto que la mayoría de las novias buscan más lo clásico que algo rompedor; es rara la novia que puede elegir sin presiones externas y ser ella misma el día de su boda, aunque siempre hay honrosas excepciones. La Pasarela Gaudí no está pensada precisamente para que las futuras casaderas vayan a ver lo que las marcas y diseñadores les presentan pero, si así fuera, seguramente hubieran quedado encantadas de saber que lo clásico no ha muerto, es más, goza de una estupenda salud.

 En cualquier caso, las novedades que se presentaron miraban con nostalgia hacia atrás, hacia épocas pasadas, inspirándose en las formas, telas y estilos de otros tiempos.

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 Pero incluso en esto también hubo diferencias, afortunadamente. Inmaculada García recogió inspiraciones de tres décadas de los siglos XVIII, XIX y XX y las trajo a la actualidad con mucho acierto, consiguiendo una colección comercial sin por ello dejar de ser interesante. Vestidos bien acabados, con encajes maravillosos y líneas muy cuidadas. Esta diseñadora siempre es un acierto seguro para aquella novia que no sea tan clásica, pero tampoco se considere una transgresora. Sus vestidos no dejan indiferente, telas muy especiales, terminaciones perfectas y diseños encantadores.

 Hablando de inspiraciones, Yolan Cris, siguiendo su línea romántica/hippie/gipsy, le dio una vuelta más de tuerca y sacó a pasarela vestidos que dejaban ver más de lo que escondían, que presentaban a una novia sin tapujos, en todo su esplendor. Sin duda una apuesta arriesgada pero llena de frescura que te levantaba el ánimo. Ya sabemos que llevados a la práctica, estos vestidos serán más recatados, pero seguro que no pierden del todo su encanto.

 Por supuesto queda hablar de Jordi Dalmau, cuya colección no encaja en ningún cliché, tiene el suyo propio. Además de alegrarnos la tarde con un desfile-espectáculo que nunca deja indiferente, presentó vestidos llenos de color, para novias llenas de curvas que buscan a este creador porque no se parece a nada ni a nadie. Sus propuestas siempre son de agradecer, pueden gustarte o no, pero siempre hay que reconocerle creatividad y un gran amor por el cuerpo femenino. Es cierto que en esta ocasión presento algunas pinceladas de líneas nuevas que prometen grandes cosas, estaremos atentos a próximas ediciones para ver cómo evolucionan.

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Dejando de lado esto, el resto se convirtió en un “dejà vu”, teniendo en ocasiones la sensación de que los vestidos que estabas viendo ya habían salido en el desfile del día anterior.

Los clásicos que nunca fallan, y a los que las novias pueden recurrir para no equivocarse nunca, presentaron lo que se esperaba de ellos. Jesús Peiro con sus cortes impecables realizados en telas que dan a los vestidos de novia una caída incomparable. Hannibal Laguna o Franc Sarabia son también firmas en las que la novia que apuesta por lo seguro puede encontrar lo que busca, buen diseño, buenas telas e impecables acabados. Todo esto es lo que hace que un vestido de novia pase a ser un modelo eterno, de esos que pueden quedar para nuestras hijas y cuyas fotos de boda siempre parecerán perfectas.

Pero también en esto hay diferencias, si se quiere ser clásico, y pasar a la posteridad, hay que cuidar los detalles. Por eso no vale esconder con telas lo que no se maneja con los patrones, al final se nota y el resultado es un “querer y no poder” que una novia no se puede permitir en un día en que no podrá huir de las miradas.

Ejemplos de esto último hubo algunos casos, aunque no merecen ser nombrados, el mercado hará su selección natural. Mejor olvidarlos y quedarse con lo que nos interesa.

Algunas estaréis pensando que se me olvida hablar de firmas que una inmensa mayoría de las novias buscan para su vestido, como Rosa Clará o Pronovias pero, siento decir que esas firmas son ellas mismas y se copian a si mismas, la pasarela no es para ellas sino una propaganda de gente famosa e “hijas de” que quieren ser modelo con el único mérito de su apellido. Lo bueno es que la diferencia con las profesionales de la pasarela queda patente al primer paso, no necesita ni ser comentada. Lo que proponen está ya en los escaparates de sus tiendas, solo hay que darse una vuelta.

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Pasemos a los vestidos de ceremonia, que también tuvieron su lugar en la pasarela, incluso algunos de ellos totalmente aptos para novias informales. Entre ellos merece la pena nombrar a Ana Torres y Matilde Cano, no tan conocidas como Patricia Abendaño, pero con unos acabados y unas combinaciones de telas y colores que nada tiene que envidiar a nombres más conocidos. Sobre todo Ana Torres con su manejo del color y su combinación entre clásico y atrevido que me sorprendió gratamente. Por su parte, Matilde Cano me sigue gustando año tras año, ganando en madurez y, este año, con unas propuestas inspiradas en las divas de los años dorados del cine, otros con un toque hippie y, en general, consiguiendo una colección ecléctica que no por ello perdía ni un ápice de clase.

En cuanto a las líneas, telas y estilos hay que decir que las espaldas descubiertas o veladas de encaje fueron la apuesta generalizada. Algo que queda bien en una modelo de la talla 36, pero que difícilmente puede adaptarse a una talla mayor de la 42. Los vestidos de novia y ceremonia son de los que bajan a la realidad de forma brusca, en cuanto se enfrentan a las tallas habituales y, en esta ocasión, lo van a tener difícil.

En general las líneas fluidas fueron la tónica general, sin que faltaran los guiños al mercado del este, que prefiere mayores volúmenes, y una novia más espectacular. En este sentido, los brillos, lentejuelas, cristales, y demás signos de ostentación, no solo no faltaron en los vestidos, tanto de fiesta como de novia, si no que fueron la tónica general. El aire de lujo de los vestidos nos llevaba a otras épocas, quizá porque necesitamos pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor o porque queremos que lo sea nuestro propio tiempo.